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martes, 27 de enero de 2009

Crítica Historiográfica por Eloy Reverón



José Nucete Sardi, Aventura y Tragedia de Don Francisco de Miranda, Barcelona, Plaza & Janes, (Colección rotativa) (1ª Ed.1935) 1971

José Nucete Sardi fue un estudioso de Miranda y miembro de número de la Academia Nacional de la Historia que tuvo en su haber la traducción de autores extranjeros como James Biggs, Jhon Edsal, Robert Semple; e incluso de Alejandro Humboldt, y una interesante lista de trabajos académicos. Publicó la primera edición de esta obra en 1935, además de haber escrito los prólogos de varios tomos; del XVI al XXIV de la colección del Archivo de Miranda. Entre los escritores venezolanos que han tratado el tema de Miranda, el autor es uno de los más difundidos y traducidos a mayor número de idiomas, y uno de los primeros que tuvo acceso a la documentación que hoy ha sido declarada patrimonio de la humanidad.
Trata de comprender al personaje aludiendo discursivamente a la conciencia histórica y al sentido de responsabilidad americana, pero su visión se vuelca hacia la admiración que siente por la aventura mirandina en virtud de su proyección universal. Vale decir, que universal en sentido que la ideología colonialista otorga a lo universal: eurocéntrico. Ubica el primer capítulo dentro del contexto cronológico del gobierno de Carlos III, pero no establece parámetros críticos sobre el sentido histórico de su política ni en la vida del protagonista, ni aún en la evolución de la política. Se queda en comentarios superficiales acontecidos en la travesía del viajero, su epopeya francesa, su perfil de conspirador. Describe mucho y analiza poco. Menciona sus encuentros con algunos jesuitas, pero no parece preocuparle la razón por la cual Miranda los buscaba.
Nucete no vislumbra la lucha de clases en la crisis de la Primera República. Ni siquiera la explosión social. Sus ojos oligarcas perciben al pueblo que se levanta contra un gobierno esclavista, como a realistas españoles. Menos a Miranda como a un afrodescendiente insular que no estaba más lejos del odio de los mantuanos que los pardos. Menos que podía estar más identificado socialmente con la rebelión de los pardos que tenían tienda como su padre o los canarios como Monteverde.
Lejos de eso otorga un carácter anecdótico a la entrega de Miranda a sus enemigos. Hace énfasis en que Bolívar lo entregó para castigar a un traidor, y no para hacer un servicio al rey. Termina señalando que “Monteverde, al conceder el pasaporte al Joven Bolívar, durante la conversación que tuvo con éste y el señor Iturbe, dice que se dieron en recompensa al servicio que había hecho al rey, con la prisión de Miranda.”(Nucete: 1971,p 280). En este sentido, Miranda estuvo en un laberinto, de donde los especialistas en estudios Mirandinos no han llegado a la esencia del asunto.
Nucete, muy bien informado, pero carente de la técnica que le permitiría hacer una exposición más ordenada desde el punto de vista cronológico, resulta parco para aclarar la procedencia de sus argumentos. Tampoco evita confundir al lector que se inicia en el tema. Circunstancia que no desmerece su seriedad al exponer uno de los ejes centrales de su discurso, la aventura. En este caso la seriedad con que aborda el tema de la relación del Caraqueño con la Emperatriz rusa viene dado por su conocimiento de los estudios realizados por el profesor Vladimir Mijáilovich Miroshevki (1900 1942) quien destaca las razones de peso que el gobierno zarista tenía para interesarse por los asuntos americanos. Aspecto de coloca como apéndice junto otro relativo a la trayectoria histórica del apellido de Miranda, en esta edición de 1971.
Esta obra debe ser leída después de conocer los trabajos de Miranda de autores como Ricardo Becerra, Caracciolo Parra Pérez, Arístides Rojas, Vicente Dávila, W.S. Robertson, James Biggs, Moses Smith, Blanco y Azpurua, y Carlos Felice Cardot. No debo concluir esta reseña sin observar la principal característica que apreciamos en este trabajo: el criterio autoritario propio de una cultura de dominio, no olvidemos que la primera edición corresponde al año cuando moría el general Gómez, los autores eran considerados autoridades en la materia, y aunque los positivistas pertenecientes a las “luces del gomecismo” como Vallenilla, Gil Fortoul, Parra Pérez, y otros cautivados por el cientificismo de la época, se esmeraron en señalar las fuentes; Nucete, también autor de los prólogos de buena parte de los tomos del Archivo de Miranda, ni se molesta en citar, limitando el discurso a la autoridad que proyectaba su prestigio intelectual. Su visión romántica de Miranda y el bosquejo biográfico que construye, resulta una lectura amena y superficial para percibir una idea general de sus andanzas.

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